29 septiembre 2007

Cumbres por un sueño de verano -Parte II- (por Agustín Moreno, de Bahía Blanca)


Ahora estábamos con Claudio en otra estación estival. En ese momento faltaban pocos días para que terminara el verano, y ese 13 de marzo de 2004 se despedía con mucho calor y nuestros cuerpos lo notaban. Por eso mismo, antes de salir de la garganta, nos refrescamos con el agua contenida en la pileta.
Mientras Claudio se refrescaba me preguntó:
- ¿Y si no hubiésemos encontrado el chorrillo que hubiéramos hecho?
- Lo más recomendable es colectar agua de éste lugar y hervirla. Mientras se enfría se puede tomar alguna infusión caliente y nos vamos hidratando. Si no se ve muy contaminada por insectos o renacuajos muertos o algún otro tipo de basura se puede tomar agregándole unas gotitas de hipoclorito de sodio, popularmente conocida como lavandina o lejía. Una alternativa sería caminar hasta La Pipa, una profunda olla que generalmente tiene su capacidad cúbica con disponibilidad suficiente de agua y no está muy lejos. Otra alternativa es el agua de los arroyos que están más al llano, porque a mayor altitud menor posibilidad de encontrarla. Pero quien conoce las quebradas a fondo sabe que hay muchas fuentes de agüita salvadora. Eso sí, hay que saber caminarlas.
- ¡Imagino lo duro que debe ser, extenuante y fastidioso!, ¿no, Chegu? -dijo Claudio.
- ¡Sí señor!, estás perfectamente acertado en tu apreciación. Ninguna duda que es así. Pero a veces no queda más remedio que hacerlo. Lo lindo es que cuando estás en una expedición organizada no todos van por el agua, lo hace solamente un pequeño grupo, los más aptos y con mejores condiciones físicas. Al regreso, los que se quedaron hacen mil preguntas y los aguateros eventuales, sobre todo los novatos, se sienten bardos y cuentan las alternativas poéticamente, y de paso, cada uno agrega su propia fantasía.
Una vez repuestos y aliviados retomamos el sendero subiendo a paso lento. Miramos la Cueva de los Guanacos, “la casa grande”, y vimos que estaba deshabitaba. Giramos al sur enfilando hacia el Tres Picos y nos fuimos alejando de ella. Arribamos al Bote en menos de media hora y allí nos desviamos unos metros hacia el saliente para ir directo a Nido de Águilas.
Encontramos la cueva en perfecto orden y limpieza. Nos quitamos el peso de la espalda y sentimos que flotábamos al igual que las Águilas Moras en las corrientes térmicas.
Nos sacamos la ropa húmeda y el calzado que estábamos estrenando, ciertamente pesado, pero que queríamos ir "ablandando" para andar cómodos en Vallecitos. Otro alivio más.
Desde el jardín veíamos, al norte, la Cueva de los Guanacos y el Cerro Ventana con sus ocho picos bien demarcados. Más cerca de nosotros, el Cerro Napostá con su larga y no tan vertical arista sur estribando en los anfiteatros macizos de la Quebrada del San Diego. Después nuestro panorama se acotaba porque estábamos rodeados, casi abrazados, por vastas laderas que eran parte de la pirámide del Tres Picos. Estábamos alojados en las propias entrañas del techo de los bonaerenses y no podíamos percibir otra cosa más que calidez.
Un llantén se mostraba bien al borde de la terraza y unos metros más arriba una roca aplanada parecía querer venirse abajo. Era como que dudaba de caer o no. No temí por su postura pues la conocía desde hacía muchos años atrás y siempre había estado allí, bien firme.
Nos instalamos en la sala y acondicionamos el piso tendiendo los aislantes y las bolsas de dormir que quedaron en condiciones de ser ocupadas cuando nos cubriera la noche.
Pasamos otra vez al magnífico patio y allí colgamos la ropa mojada por la transpiración en las rocas que aun recibían los rayos del sol.
Cuando ya nuestros estómagos nos dieron la señal química del hambre improvisamos, como siempre se hace en la montaña, una mesa y nos dimos un banquete con salamines, queso, y otros comestibles que se vuelven más apetitosos y deseables cuando uno los come en la montaña. De intrusos teníamos a un par de chingolitos que, saltito va saltito viene, se iban comiendo las miguitas y restos de galletitas que caían al piso.
Cuando se apagó la luz solar encendimos el farolito y nos calzamos las linternas frontales para alumbrarnos cuando tuviéramos que "demarcar nuestros territorios" en los alrededores.
Las toallitas húmedas de bebé estaban en un punto de encuentro fácil para cuando las necesitáramos o decidiéramos darnos “un baño”. Hervimos agua y nos preparamos infusiones que tomamos pausadamente para una mejor hidratación.La noche, típica de verano, nos agasajaba con un espectáculo digno de no perderse: arriba un cielo completamente estrellado que parecía reventar por lo cargado. Abajo, cientos de luciérnagas volaban con sus luces intermitentes que parecían bailar al compás del canto de los grillos y sapitos de las sierras, y el croar de infinidad de ranitas. Por fortuna, la carencia de mosquitos nos hizo disfrutar mucho más del espectáculo nocturno.


Agustín Moreno.

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